No es tan simple, pero sí finalmente.
Hay días en el me encuentro viendo el mundo como Bolaño. De manera fantástica. Con el terror esparcido por cualquiera de los lugares de este México excéntrico. No es que me fije en las atrocidades de los periódicos, ni esas cosas. O que me interesen los secuestros o los asesinatos en Ciudad Juárez. Sencillamente pienso en la normalidad del paso del tiempo, en los peseros avanzando y moviéndose. En los pobres transeúntes viendo las calles.
Otros hay obsesiones por los detalles y esos detalles me llevan a Perec.
Me la paso en otros viendo los bordes de una mesa de manera melancólica y me siento como Sebald.
Otros simplemente quiero ser un loco como Potocki.
Quiero saber que hago con mis días de alegría, creo que ninguno de mis escritores los llena.
Hay veces en las que estoy lejos, como en un hospital fantasma. Que puede sonar a meláncolía pero más bien es el azuloso terreno de los recuerdos con Vila-Matas destruyéndolo todo con esa disipación de la realidad.
Luego hay música. Primero es el mood ¿no? y luego entra la música. Para los primeros nada mejor que Beethoven.
Para los segundos Phillip Glass o Steve Reich.
Para los siguientes el soundtrack del Decálogo de Kieslowski o simplemente el Lamentate de Arvo Pärt o Fratres o Pari Intervalo.
Definitivamente para la locura nada mejor que Nyman y la música de Z.O.O.
Meterse con Penguin Café Orchestra te sumerge en aquella alegría demencial de un mundo diferente. Destaco Pythagora's Trousers. Me hace bailar.
Luego sobrevienen los recuerdos. Debe haber una sola pieza que me de esa sensación. Sólo una pieza en todo el mundo, pero aún no la encuentro o la encuentro en el momento justo y luego la olvido.
Puede ser Pastoral de Moondog. O algo de los ya dichos Penguin Café Orchestra.
Esos son los días normales si pueden llamarse así. Aunque siempre sobrevienen otros. Unos días pesados sin música ni color. Que ni siquiera llaman a la tristeza. Días que se suceden abúlicos pero con ansias. Cómo una banda de viejos ansiosos atrapados en una jaula de bambú que extienden sus manos sin poder avanzar.
Son pocos pero últimamente he tenido de a dos seguidos y en esos días miserables sólo puedo pensar en Andrés Caicedo paseándose por ahí.