
Me acordé de una muy buena historia:
1
Nuestro querido amigo T. es un tipo bien común honestamente. Con cierto predominio físico hacia lo indígena; muy común en Lecuona. No es alto, tiene la piel verdaderamente oscura y el pelo como un erizo o puercoespín. Nunca se le ha visto con barba y tiene esas divertidas cejas hacia abajo que la mayoría de los indígenas tienen. Sin embargo por cierto, mi querido amigo, es absolutamente occidental; lecuonés, digo. Fanático, si bien no del lecuonismo, de ese nacionalismo enfermizo de mi país, sí de ese amor por el fútbol más que por el deporte, por la defensa de la patria, de lo propio...
T. no es un tipo inteligente, más bien, es un poco limitado. Pero un limitado asumido sin pretensiones ni de doctor en física o presidente del banco mundial. Supo conseguirse un buen trabajo con posibilidades de ascenso, las cuales T. no tomará y gracias al cual muy joven se puso a trabajar y ganar dinero mientras nosotros sufríamos las pellejerías de ser estudiantes en ciudad ajena. En la cual a todos nos iba honestamente mal en casi todos los aspectos.
También se casó joven, con una simpática y no muy inteligente muchacha de su barrio. Viven en una pequeña casa en el centro de Lecuona. Es una casa pequeña, hermosa y limpia llena de colores y muy fresca, perfecta para los calores de verano. T. es el hombre de la casa, lleva el dinero y hace el papel de macho, pero la verdad es tan sólo un juego, porque esa sin duda es la fascinación de T.: Los Juegos. Llega imponente a su casa golpeando la mesa y azotando la puerta, luego se acerca a su aparentemente asustada mujer y la agarra de la cintura y la besa vorazmente, luego hace el papel de niño, del hijo que nunca tendría y se sumerge en el cuerpo de su hermosa y poco inteligente esposa y comienza a hacerle cosquillas. Todo eso termina evidentemente en sexo, pero T. no folla bien. Pero ninguno de los dos lo sabe puesto que no han follado nunca con otra gente. Para ellos el sexo que tienen es delicioso.
La manera de conocerse con su mujer también fue una especie de juego. T. era tan joven, tenía trece años y fue de compras al almacén de la esquina. Problablemente a comprar pan. Salió pacientemente de su casa, no esperando nada. El trayecto al almacén era siempre el mismo. Imaginaba los eventos usuales al momento de realizar esta tarea tan común. Caminaría por la calle y subiría posteriormente a la vereda. Luego pasaría enfrente de la casa de la pobre Rosa y del Sr. Kilmann, tal vez les saludaría. Y ya luego sólo quedaba doblar en la esquina. Dos o tres pasos más allá estaría el almacén del barrio. En ese mismo punto, al quebrar por la esquina fue donde su futura mujer estaba enroscada en el piso, ella contaba con quince años, durmiendo profundamente. El resto fue despertarla conocerla, amarse y ser felices.
Marina, la mujer de T. era narcoléptica sin embargo ella tiene poco o nada tal vez que ver con el centro de la historia. Los que son absolutamente el centro de esta historia son los juegos de T., pero por sobre todo su idea de juego y los imaginarios que el gran T. elabora camino al trabajo, al cual llega a las ocho y cuarto de la mañana, en Comparsa, el barrio comercial de Lecuona. Toma el bus ciertamente y estos a esa horas van llenos. Es en esos momentos en los cuales el querido T. es capaz de mirar mucho y comprender varias cosas. Estuvo varios años, sin embargo sin concluir nada. Sólo miraba y se moría de frío o de calor. Pensaba en los distintos reportes de la oficina o en las horas que se pasan tan rápido. Se acordaba del café que Marina le servía y del pan que le había sentado realmente mal. Se arrepentía de no haber ido al baño o se concentraba para no dormirse de pie apoyado en algún trabajador lecuonés.
Debe haber sido en algún momento específico, tal vez un empellón con alguien o un accidente con los codos en la espalda de alguna pasajera, como es común en los autobuses abarrotados. Claramente T. no lo recuerda, tan sólo y está completamente seguro de esto que en un momento, las mujeres trabajadoras de Lecuona y las estudiantes también, comenzaron a mirarlo. No lo recuerda bien, debió empezar, se imagina, con una mirada furtiva tal vez desde el otro lado del bus o muy cerca pidiendo permiso para bajar. Lecuona es un hermoso país de predominancia indígena, como buen país latinoamericano. Por lo tanto, las primeras mujeres en las cuales T. se percató fueron las de ojos azules, puesto que le supusieron algún tipo de exotismo. En un momento, inclusive, nos contaba nuestro amigo, era esa su obsesión: Los ojos azules. Aquellas luces añiles que parecían otearlo desde el otro lado del bus y que se movían independientes del rostro. Eso pensaba él. Sin embargo dicha obsesión respecto de la largura de esta historia es completamente intrascendente. Pero debo considerar unos puntos.
La primera mujer de la cual T. tiene un recuerdo nítido, es una joven de tal vez veintidós años recuerda T., quien se estaba quedando dormida apoyada en uno de los soportes de la micro. Vió sus manos casi azulosas de frío y estuvo seguro que se iba avalanzar a besarla. Tiene unas manos hermosas, dijo T. Esa fue la primera vez que murmuró algo para sí mismo. Desde pequeño lo consideró un terrible signo de locura. Pero esta vez ni sintió pena o remordimiento por lo dicho; ni siquiera vergüenza. Estaba más preocupado de contenerse. Si hubiese podido se habría lanzado sobre esas manos. Ante tanta mirada, la pobre muchacha vio a este hombre y se volteó violentamente despertándose. Sin embargo, su expresión al fijar sus ojos sobre T. fue de más deseo que rabia; de cierta coquetería sutil. T. la recuerda, además de sus ojos azules tambien porque se trató además de su primer y único error. Cometió el pecado de hablar con como le llama él, la víctima de un romance de autobús.
Hola.
La mujer lo miraba con la misma expresión de deseo sin embargo las palabras no salían de su boca. T. se acordaría luego de sus ojos azules tremendos que lo miraban con cierta angustia, piensa T. Con un amor doloroso.
Hola... Me llamo T. y tú.
La mujer por toda respuesta miró al piso y no le dijo palabra. Luego sobrevino una segunda parte del error. En su estupidez en su ensimismamiento, tal vez por lo hipnótico de aquellos ojos la agarró del brazo y la remeció con cierta desesperación. Exigiéndole algo que no recuerda o si lo recuerda, pero olvidó las palabras con que se lo dijo. Luego vino el caos, varios hombres sobre T. y un nariz ensangrentada que no le permitía ver. Lo que recuerda nítidamente y nos lo cuenta como sigue, es un olor a vino y a grasa de cuerpo. No podía verle la cara.
Te dieron duro amigo...
T. intentaba responder, pero lidiaba con un dolor al costado y el rigor del cemento del suelo.
Tranquilo... Eres tonto amigo... Si tienes un romance de autobús, no puedes hablarle. Cállate y menos la toques tonto...
Luego un silbido se aleja por la calle. Eso recuerda T.
2
Por cierto nunca supo nuestro querido amigo quien era el autor del consejo, si era un pordiosero o un amigo olvidado del trabajo. Eso puede ser cree. Pero como pasa con casi todas las mujeres de esta historia y personajes, nunca más volvió a oír palabra de este hombre ni a verlo o esbozarlo borrosamente cuando menos. Simplemente se dedicó a seguir su consejo y a desarrollar la única obsesión que atravesaría la vida de este pobre joven. Mientras se gestaba esta divertida afición, nosotros sus pobres amigos apenas atisbábamos algo. Creíamos intuir una conducta o un gesto raros. Nos acordábamos de su esposa y estábamos seguros que nuestras conjeturas eran simplemente ridículas. Eso creíamos, lo veíamos perderse mentalmente en fantasías larguísimas mientras hablábamos del libro de moda o de la última película que veríamos o intentaríamos hacer.
Mario, Arturo y yo vivíamos pobremente y no atendíamos las extrañas conductas de nuestro amigo T. Me hubiera gustado dedicarle más tiempo, pensaba cuando las aguas ya no eran turbulentas, cuando ya no vivía flotando en el torrente, sino atisbando los remolinos de agua negra desde la orilla. Pero me decía que eso hubiera sido imposible. Uno nunca sabe que está sorteando un torbellino hasta que lo ve desde la playa.
No hubiera rescatado lo que ahora rescato, pienso cada día.
Desde lo del consejo, verdaderamente, mi querido amigo se entregó completamente a su afición. En sus perspectivas de vida no se encontraban ni el de follar con una mujer desconocida o ser infiel a su mujer, sino simplemente estar, ver, oler algo interesante, sentir una tibieza ajena, sufrir un entretenido accidente de manos que chocan en un mismo tubo de barandal de autobús.
Se hizo un plan acabado. Armó una minuta determinada, un horario típico de un hombre ordenado, pero evidentemente no funcionó. A la primera actividad pasó semanas sin que nadie lo mirara en el transporte público. Entonces tan sólo se dejó ir. De esta manera conoció un olor nuevo, comparó sus manos duras y heladas, con las tibias de una jovencita ruda, compartió la misma espalda con una secretaria horrible, mientras su bella hermana moría de celos y varias cosas más. Finalmente le dió por coleccionar.
Conseguía pedazos de tela accidentales, envases de helados o restos de café en un vaso. Se congraciaba con su tesoro; una bufanda horrible que no sabía e intentaba descubrirlo, sería de hombre o una alumna escolar rebelde. Lo más gracioso es que todas las cosas le traían los recuerdos de sus dueñas. Había dos pinches idénticos; rojos uno de una coqueta ejecutiva de una empresa de teléfonos y de una mujer vestida al estilo hardcore de piel oscurísima y ojos verdes.
La vida de T. pudo condicionarse por sus deseos y colecciones. Pudo llevar una extraña vida tranquila. Su mujer jamás descubriría su colección, la cual ni siquiera se encontraba oculta, sino dentro de una caja. Tal vez, incluso su esposa pudo verla y no sólo la ignoró, sino que simplemente la olvidó sin lugar a dudas, así como, su contenido. Lamentablemente esto no pudo ser. Desde el comienzo de sus viajes, puesto que sus ojos siempre se posaban en mujeres de belleza un tanto estereotípica (rubias, ojos de colores interesantes, senos de tamaños diferentes, manos delicadas, maquillajes violentos), nuestro querido amigo T. no se percató de Ester. Nosotros después de unas averiguaciones bien frugales, la verdad, llegamos a su nombre, a su casa. La cual conocimos y a su familia también.
3
Por cierto no les daremos la lata contándoles la vida de Ester Mardones. Tan sólo les diremos lo que atañe a nuestro querido T. Cierta mañana se tomó un recreo de ver mujeres y conquistarlas con la mirada y llenaba un crucigrama apoyado en una pared de un bus atestado. Entonces de pronto miró hacia el frente y se percató de unos ojos que lo miraban. Pensó que se trataba de otra de aquellas mujeres que manifiestan la mirada y luego desaparecen. Sin embargo le insistió mirándola esperando que desviase la vista. Esto no ocurrió. Quién era esa extraña mujer. Tenía los ojos color caramelo. De eso se acuerda T. Se percató entonces que estaba profundamente enamorado, que incluso era capaz de dejar a su esposa por aquella mujer silenciosa y mirona. Además se cuestionaba la vida completa. Hubiera sido capaz de dejar la plaza vacante en esa horrible y enorme empresa de Juan Larios con Capitanía por seguirla donde fuera. Luego un viaje peculiarmente corto, la mujer hermosa se bajó. La expresión que esta mujer presentaba no era como las otras. No guardaba ese misterio fingido o simplemente falso del resto, más bien era una cara limpia eso pensaba T. Una belleza alucinante y perfecta que salía desde sus ojos y era un coqueteo más profundo y hondo como un cráter. Luego vino lo atroz.
Mi querido amigo T., lo sé porque le celebramos una fiesta, se compró un pequeño auto en la automotora de su tío. Era viejo y chico y nosotros junto con T. lo utilizábamos para salir a dar vueltas por los baruchos de la ciudad. Todos tomábamos, a veces T. no, pero casi siempre íbamos renguenado con ese auto destartalado por las calles de Lecuona mirando a las mujeres, follándolas en ocasiones. Las fiestas eran felices y continuas pero a T. algo le ocurría. Aún no nos contaba lo de Ester. Simplemente movía vagamente el brazo o tomaba un vaso de la mesa. En una ocasión, eso sí, nos dió la lata toda una noche sobre El Amor Verdadero y El Amor Eterno, algo poco usual en T., a quien considerábamos un hombre pragmático y seguro... Para ser inteligente y genial hay que ser un poco inseguro, pensábamos. Hay que saber dudar un poco para hallar respuestas y T. era de las personas que no hablaban cuando los temas se ponían un tanto complejos. Simplemente se callaba o reía al nombrar algunas expresiones que a sus oídos sonaban graciosas como Baudrillard o Eterno Retorno, que le parecía una película gringa y el primero una mala marca de champú. Descubirmos entonces, subrepticiamente que T. estaba enamorado. Pero de quién pensábamos. Mi amigo Quique dijo que evidentemente de su esposa. Cosa imposible. De una compañera de trabajo o de su secretaria. Ambas ideas de Saulo, pero en Lecuona impera el machismo y las mujeres no trabajan acá o lo hacen poco y si lo hace es de secretarias, pero el cargo de T., ni siquiera es bajo. Honestamente no existe. Luego le vimos escribir en un papel a T. el nombre de Ester Mardones. Le abrimos sigilosamente la cajuela del pequeño auto y tenía en varias libretas, de distintos colores, el nombre de esta mujer garabateado en todas sus hojas. Incluso tenía dibujos. Cosa extraña en T., puesto que jamás le vimos escribir ni dibujar nada que se acercase a lo creativo. Lo más significativo eran sus fotos familiares. Sus álbumes familiares cargados de colores, según me acuerdo. Mis amigos lo niegan, pero siempre lo recuerdo y tiendo a recordarlo en momentos como este en fin.
Lo embriagamos y le preguntamos por Ester Mardones. Le costó responder al comienzo y finalmente nos contó que no sabía quien era y nos habló de la mujer del autobús. Dijo que no sabía quien era Ester Mardones, que era un nombre que había inventado. Le dijimos que era un nombre horrible y se enojó con nosotros porque ofendimos al amor de su vida.
Podemos decir que después de esa conversación se volvió loco. Se subía a los autobuses sin sentido buscando a dicha mujer y nosotros siempre supimos que no la iba a encontrar. Le decíamos que probablemente no era de ese barrio. Que quizás pasaba por ahí. Que todo había sido un accidente, pero no había caso. Vagaba por las micros preguntaba estúpida e infructuosamente a los choferes y a los encargados de los paraderos por una mujer de ojos caramelos y un perfume fuerte y angelical a la vez y los parroquianos se reían de mi pobre amigo o lloraban de tan ebrio. Se cree que incluso se encontró con el mendigo quien le orientó sobre los romances de autobús, pero eso sería demasiado mítico, creemos, demasiado falso en verdad y casi tonto.
Ahora viene algo más atroz, de tan poco usar el auto se estropeó y no volvió a subirse a automóvil alguno en su vida. Cuando viajaba a distintas partes su mujer era quien manejaba. Tuvo que hacer cursos para aprender a conducir. El primero auto de T. se oxida eternamente en el patio de la casa de su mamá en un ranchito a las afueras de Lecuona. Manejaba el auto de la esposa quien ahorró para comprarse uno. Tuvo que trabajar para comprarlo. Entonces, nos hemos puesto un tanto dispersos, como el auto estaba roto, T. y su esposa iban de compras los domingos en autobús y T. esperó nunca encontrarse con Ester dentro del transporte colectivo. Pero lamentablemente la vió varias veces camino al trabajo y la amó más que nada en el mundo. Sufría dolíendole el cuerpo al tener a su lado a una mujer a quien no amaba y eso le marcó para siempre hasta hoy cuando decidió hablarle.
Ester le dijo, como una fanática más de los romances de autobús que en estos no se habla. Que no se dice nada... Que se guarda silencio.
A nuestro querido amigo Theo.
De sus amigos Juan Toulá, Saulo Martínez y Quique Offenbach.