Thursday, September 04, 2008

Cosas de Humor.





No es tan simple, pero sí finalmente.

Hay días en el me encuentro viendo el mundo como Bolaño. De manera fantástica. Con el terror esparcido por cualquiera de los lugares de este México excéntrico. No es que me fije en las atrocidades de los periódicos, ni esas cosas. O que me interesen los secuestros o los asesinatos en Ciudad Juárez. Sencillamente pienso en la normalidad del paso del tiempo, en los peseros avanzando y moviéndose. En los pobres transeúntes viendo las calles.

Otros hay obsesiones por los detalles y esos detalles me llevan a Perec.

Me la paso en otros viendo los bordes de una mesa de manera melancólica y me siento como Sebald.

Otros simplemente quiero ser un loco como Potocki.

Quiero saber que hago con mis días de alegría, creo que ninguno de mis escritores los llena.

Hay veces en las que estoy lejos, como en un hospital fantasma. Que puede sonar a meláncolía pero más bien es el azuloso terreno de los recuerdos con Vila-Matas destruyéndolo todo con esa disipación de la realidad.

Luego hay música. Primero es el mood ¿no? y luego entra la música. Para los primeros nada mejor que Beethoven.

Para los segundos Phillip Glass o Steve Reich.

Para los siguientes el soundtrack del Decálogo de Kieslowski o simplemente el Lamentate de Arvo Pärt o Fratres o Pari Intervalo.

Definitivamente para la locura nada mejor que Nyman y la música de Z.O.O.

Meterse con Penguin Café Orchestra te sumerge en aquella alegría demencial de un mundo diferente. Destaco Pythagora's Trousers. Me hace bailar.

Luego sobrevienen los recuerdos. Debe haber una sola pieza que me de esa sensación. Sólo una pieza en todo el mundo, pero aún no la encuentro o la encuentro en el momento justo y luego la olvido.

Puede ser Pastoral de Moondog. O algo de los ya dichos Penguin Café Orchestra.

Esos son los días normales si pueden llamarse así. Aunque siempre sobrevienen otros. Unos días pesados sin música ni color. Que ni siquiera llaman a la tristeza. Días que se suceden abúlicos pero con ansias. Cómo una banda de viejos ansiosos atrapados en una jaula de bambú que extienden sus manos sin poder avanzar.

Son pocos pero últimamente he tenido de a dos seguidos y en esos días miserables sólo puedo pensar en Andrés Caicedo paseándose por ahí.

Wednesday, August 20, 2008


Only that I want are two thinks.
1. Met a weird woman.
2. Get married with myself.



Vi una mujer de ojos luminosos, un poco gorda,
vestida con una bata de enfermera falsa.

No debemos querer un mundo diferente
sino, enamorar el existente.

Vi la calle rota. Vi las ausencias
de esa calle. También saboreé el manjar
agrio de los besos sin sentido.

¿Quién quiere conciliar un sueño púrpura
durante el paso de la espera?

Recordé cuerpos en movimiento y los
imaginé aguantando una espera infinita.

Ahora recuerdo los detalles de ese cuerpo,
(las calles rotas de una ruta sin sentido)
un angustiante cuerpo femenino,
unas manos ávidas, unos besos huecos.

Queremos vivir en un país de mujeres hermosas,
de bellas mujeres de un futuro insomne.

No somos inmunes a la sangre,
a la tibia sangre tiñendo las mejillas
y deleitando a los fanáticos de la condena.

Somos fanáticos de la condena
y fungimos como tales,
cohabitando islas enormes con el viento.

Tenemos rostros y son pedazos.

Hay una huella roja por cada paso
y en cada huella varias notas poco conciliadoras.

la garganta seca,
el cigarro muriendo,
la inanición inminente.

No vamos a sentir el amor
Ni vamos a sentir dolor,
exudamos ambas

y es en ese fluir en donde se intuyen los
rasgos de nuestros rostros enigmáticos.

Se intuye una heroicidad solitaria,
un barranco triste, cien ciudades hoscas y
noches llenas de luz.

Sólo quiero a una mujer rara despertando en
mi cama y besos que intuyan la sangre.
No quiero más gritos
Ni quiero placeres ajenos

Como la condescendencia más simple
la triste propensión a la felicidad,
pero tan sólo la propensión.
La felicidad duerme los juncos
y mece el césped en los campos.

La condescendencia más simple
la del cuerpo y del sudor fantástico.
La avidez de las manos
y las huellas sin recuerdor
como archivadores quemados
o esperanzas perdidas en el desierto.

Thursday, August 09, 2007

Sobre la Posmodernidad (resucitando el término)





Una de las reflexiones más interesantes de Jameson sobre el arte posmoderno es la que realiza sobre la unión entre alta y baja cultura. Plantea que la concepción del arte posmoderno debe ser inclusivo, en donde los elementos de las llamadas bellas artes y la cultura cotidiana, más cercana a lo chabacano, a lo vulgar, tal vez a lo televisivo (esto ya es baudrillariano), se funden en un mismo sentido, en una misma construcción artística.

1



Los padres de Mozart y Beethoven fueron los encargados, en estilos bastante diferentes de descubrir la genialidad de sus hijos. El primero, Leopold Mozart, compositor y músico de una de las tantas cortes religiosas de Austria tenía la preocupación artística y bastante moderna de dar a conocer al mundo y a la cultura en general a un genio. Es por esto que al descubrir que su hijo Johannes Chrysostomus Wolfgang Amadeus tenía los atributos de uno se dedicó a fomentarlo cultivando sus talentos enseñándole el arte del clave desde muy, muy pequeño, introduciéndolo al casto ambiente de la música de abadía y haciendo todo lo posible para ser riguroso y tierno.

2



Johann Beethoven un tenor alcohólico de la corte de Austria, habiendo conocido el fenómeno de Mozart, se percató que su hijo presentaba dotes similares y de las inmensas posibilidades monetarias que un hijo genio musical significaban. Así es que por medio de un rigor poco formador, el cantante hacía encerrarse a su hijo a estudiar el clave y mintiendo sobre su edad, lo presentaba como niño prodigio en distintos lugares, escenarios o no para hacerle una carrera y poder sacar beneficios económicos de la misma. Afortunadamente el embajador de Austria en Bonn, el conde de Waldestein apoyó al joven Ludwig para salir del decadente ambiente familiar, camino a Viena.

3

El pequeño Enrico Caruso trabajaba repartiendo las mercaderías en las distintas casas en entorno al pobre almacén familiar en Nápoles. Cierto día debió dejar una canasta con víveres a una pareja de profesores músicos del barrio. Mientras esperaba el dinero por la compra, sentado en la sala de espera, Enrico comenzó a cantar exactamente lo que una joven alumna de los propietarios de la casa, ensayaba en su clase de canto. Los profesores abandonaron a la pobre niña y agarraron del brazo a Caruso y lo dieron a la luz mostrando a ese niño, quien se transformaría en el tenor más importante del siglo veinte.

4

El programa Pop Idol de la televisión británica, es un estilo de show por medio del cual se escogen cantantes de una amplia nómina de participantes y los cuales obtienen como premio una grabación en una disquera importante de ese país. Es este programa el cual se utiliza como base para sus respectivas réplicas mundiales: American Idol, Latinamerican Idol, Rojo Famacontrafama, Britain's Got Talent, etc. Los participantes deben someterese a un proceso de preselección televisado y en presencia de un público compasivo o impío según dependa. El participante debe someterse además a la aprobación de un jurado. El afamado verdugo de los dicho programa, Simon Cowell, es el símbolo del programa, tanto en American Idol como en Britain's Got Talent, por su estilo sarcástico y terrible. Sin embargo en la primera edición de este último programa, Britain's Got Talent, el 9 de Junio del 2007, todo el jurado compuesto además de Cowell por Amanda Holden y Piers Morgan, se quedaron pasmados ante la audición de Paul Potts un gordo vendedor de celulares quien paralizó a espectadores y audiencia cantando la famosa aria para tenor Nessun Dorma, de Turandot la última ópera de Puccini.

Hay dos fenómenos a lo menos que mencionar.





A





La posibilidad de presentar un tipo de música relegado a la alta cultura, como es la ópera en escenarios netamente ligados al mercado, es nula. Sin embargo un mercado inclusivo, una especie de mercado posmoderno, tanto como el arte, hace que cualquier tipo de disciplina que pueda subsistir dentro del marco de lo vendible se legitime. La ópera evidentemente no es inclusiva, más bien es elitista, cuando menos en apariencia por funcionar dentro de escenarios específicos y con rasgos peculiares, no comunes al sistema de comunicación imperante en la actualidad acostumbrado a espectáculos cinematográficos, artísticos o musicales ligados al precepto económico. Sin embargo tenemos la angustiante posibilidad al momento de hacer arte o de difundirlo, de realizar una obra que funcione dentro de los sistemas, si bien no del mercado, si del estilo y necesidades de los espectadores. Cabe la pregunta de perogrullo: ¿Paul Potts se hizo famoso por su historia cargada de maols momentos, frustración accidentes, etcétera o por su talentosa interpretación del Nessun Dorma? Yo pienso que ambas, ya que una satisface al sistema televisivo de los malos melodramas heredados de películas atroces o de las más indecentes teleseries y la otra a la necesidad artística o al espacio del arte musical refinado que persiste en la cultura telvisiva utilizándose piezas de música clásica como acompañante de tandas comerciales o eventos de graduación o fiestas disímiles, etc.





B





La otra cuestión interesante es más bien una pregunta con respuesta ya considerada. ¿Dónde se hacen presentes los espectadores en el fenómeno de Paul Potts, en vista que el jurado que elige a los participantes y ganadores de Britain's got Talent, podrían ser considerados como "especialistas", aún cuando Simon Cowell es un ejecutivo de un sello discográfico y no un estudioso de la música, Amanda Holden es una actriz televisiva sin estudios en la materia de la misma manera que Piers Morgan, un periodista de medios escritos? Pues bien el público participa de la respuesta del descubrimiento del genio. Varias películas y otros medios de mitificación de artistas y científicos a lo largo de la historia, ha hecho que en la final del concurso, el gordito vendedor de celulares fuera electo por la amplia mayoría del público quienes votaban por medio de llamados telefónicos. El espectador (marxista o frankfurtianamente diríamos El Pueblo) se manifiesta.





Este fenómeno podríamos considerarlo posmoderno desde la perspectiva de Lyotard, respecto de la abolición de los espacios artísticos de validación de la música o del arte en general. Sin embargo, en mi opinión funciona más por el lado de Habermas, quien plantea lo inconcluso del proyecto del arte moderno y su tentaiva de acercarlo a la vida. Parece que paulatinamente, lo moderno cumple su cometido, pero parece haberse tomado un reposado descanso de casi tres siglos.

Monday, August 06, 2007

Dicen de Toulá



1


Dicen que se habría dado un enorme banquete de comida rápida en un local del centro. Que habría salido del lugar con el sabor de las empanadas aceitosas, los nuggets y el exceso de papas fritas aún en los labios. Los transeúntes que lo vieron dicen que caminó hacia la intersección de Guardia Vieja con 11 de Septiembre, alejándose de la avenida e internándose en un sector pudiente y seguro, pero absolutamente oscuro. Habría llegado a un sector desconocido y habría entrado a una casa desconocida, esto lo dice una curiosa vecina del edificio de enfrente. Se habría bañado, esto no se asegura cabalmente, tomado un té y abierto una cajetilla de cigarrillos. Fumaba con el cigarro en la mitad de los labios a la manera de ciertos cineastas y evidentemente como en la foto más famosa de Albert Camus, abrigado hasta las orejas con su gabán oscuro, botando el vaho del cigarro y del frío.
Se habría sentado luego y mirado por la ventana, mirando el destino que le esperaba. Guardaba silencio, casi siempre lo hacía. Hablaba muy poco. Tenía 23. Dijo su hermana, o quien dijo serlo. Luego se habría levantado y girado levemente la angulación del cigarro, para de esta manera oír el crepitar de la punta encendida del mismo. Habría mirado por la ventana y consultado su reloj. Veinte minutos más tarde tocaron a la puerta y dicen, una hermosa mujer estaba bajo el dintel. Eso dice el portero. Luego la besó y se amaron un rato. Se cree que tuvieron sexo, pero esto ni la vecina pudo corroborarlo. Esto lo sabemos por las versiones que hablan de la amplia sonrisa que cruzaba el rostro del tipo al volver completamente solo a la calle. Nadie sabe por qué.

2


Caminaba vagando entre las galerías. Miraba los escaparates y creía desaparecer en las vitrinas. Tenía los ojos rojos de sueño dicen. Le llevaron a probar un vino asqueroso como muestrario de una encuesta de una empresa. Dicen que así pasaba sus días libres. Por qué no pasaba el día completo con su novia. Es un misterio. Mientras caminaba entre unos árboles de la calle, imitando el juego de los niños se habría encontrado con una antigua profesora del colegio de quien estuvo perdidamente enamorado. Hola, Renata… Soy Toulá… ¿Me recuerdas? Toulá, Juan Toulá, cómo estás. Más gordo, creo. Ambos habrían reído largamente. Dicen haberlos visto tomando un café y conversando sobre la vida. Ambos intercambiaron preciosa información que no tenemos; con la cual no contamos. Tan sólo sabemos de una camarera sobornada que cierto ambiente erótico rondaba la escena, cierta pasión no velada. También se dice que Toulá no habría mencionado a su novia. Lo que sabemos y fehacientemente, es que salió completamente turbado del café. Que pensaba en esta profesora y en follar con ella. Se deleitaba con la posibilidad de verle los senos a una mujer quien se mantenía casi igual que en sus años de profesora de historia a un curso reticente. Por otra parte reflexionaba sobre su novia, con quien iba a casarse en unos pocos meses muy lejos de Lecuona. Eres muy joven para casarte Toulá, le decían las personas en general y este afirmaba estar profundamente enamorado.

Se moría de miedo el pobre Toulá y seguramente su novia también. Pero estamos seguros que seremos felices.


El debate mental de Toulá se dividía entre lo siguiente:
Si folla con una mujer además de su esposa, quiere decir que no ama tanto a su esposa.

Si folla con una mujer tan sólo por follar, ama absolutamente a su esposa.

El sexo con la profesora sería una especie de fe de partida.


Entre estas afirmaciones, estamos seguros Toulá se debatía.


3


Dejaron de verlo dos días, dicen, porque estaba trabajando. Nadie sabe en que se gana la vida, tan sólo que es un trabajo simple; con tiempos ventilados y que le permite descansar dos días completos a la semana. Apareció el viernes. Dicen lo vio un policía atento cruzando una calle algo ebrio, con quien parecía ser su profesora. Se internó en Guardia Vieja y un hombre que orinaba un anuncio de comida, creyó oír el golpear de su corazón. Ambos iban en silencio, agrega el hombre de espaldas, pero se susurraban algunas cosas muy cerca del oído. La vecina dormía. No los vio llegar. El portero había desaparecido bajo el mostrador de la entrada. Nadie supo nada. Se oyeron unos gemidos de placer, pero pudieron haber venido de cualquier parte; de cualquier departamento del edificio. Creen haberlo visto salir con alguien a la mañana siguiente, dijo un vendedor, gordo y rubio de una panadería de la esquina de la casa de Toulá. 4 El resto fue solo cosas y una aparición. El portero dio el pase a unos hombres de una compañía de mudanzas algo contrariado mientras veía como retiraban las pertenencias del departamento de Toulá. Su novia supervisaba todo. En un arranque de osadía, no muy típica de los lecuoneses, el portero le preguntó a la joven: ¿Y Toulá? La novia respondió: Va bien… bastante bien. Dejando con la interrogante a toda la cuadra y a este mismo equipo de investigación. Cargaron todas sus cosas. Los sillones floreados, el librero sin sus libros, sus libros aparte guardados debidamente en cajas, las fotos coloreadas y las pinturas en blocks, los cuadernos de vida, la cama y quemaron el colchón en la calle. Todos por cierto dieron por sentado que Toulá se habría ido del país con su novia y envidiaban su suerte. Todos quieren irse de Lecuona. Sabían además, todos, que irse es un compromiso para siempre y Toulá si se iba, sería para quedarse lejos y armar una familia en otro país. Pasa el tiempo, varios años y los hijos del vendedor de pan y la vecina; del policía y el hombre que orinaba los anuncios, etc. conocen y recuerdan la extraña historia de Toulá. Todos los testigos en general conservan dicha historia y fotos incluso. Cierto día, mientras caminaban sin concierto, no se conocen entre ellos, azarosamente por una avenida céntrica, todos los testigos vieron algo sorprendente. Juan Toulá estaba sentado con el semblante serio mirando al horizonte mientras un pequeño niño jugueteaba cerca de sus piernas. El sol le daba en la cara y tenía cierta expresión de desgano y cansancio. La vecina no pudo dejar de pensar en lo viejo que se veía y en lo sucia y gastada que se veía su barba y el policía en lo mal que se veía ese chico, que si no supiera quien es lo agarra por sospecha. Todos se quedaron esperando ver llegar a la novia ya convertida en esposa o a la profesora en igual condición y que alguna le tomase la mano o cargara con el niño. Sin embargo el gran Toulá se levantó del asiento a las seis y media, completamente solo, y nadie más de los testigos lo volvió a ver jamás. Lo que este equipo de investigación agregó al informe sobre Toulá es que el niño con quien le vieron era tan moreno como él y que tenía los ojos azules. Ojos que ni la novia, ni la profesora tenían. Tiempo después se encontró un billete que aparentaba ser de ferry, en el cual aparecía en manuscrito y con lápiz de pasta, el nombre de Toulá y su novia encerrados en un círculo. Se encontró esta evidencia en un libro que perteneció a Toulá, el cual fue encontrado en una librería de viejo en La Negra Canta en el sector poniente de Lecuona. El destino impreso en el documento corresponde a unas islas al sur de Lecuona, pero no pudimos confirmar, por la corruptibilidad del documento su fecha. Lamentablemente luego de algunas pericias, se llegó a la conclusión que este papel más bien correspondía a un rotoso billete de algún juego de feria. A un Carrusel o ruleta o a alguna estúpida distracción de ese estilo.

Thursday, July 26, 2007

Shostakovich. Concierto para violín No. 1 III. Passacaglia. Andante


Yo soy más viejo que mi amigo Juan. Tengo veinte años más que él y cuando volvió a Lecuona yo ya estaba muerto. Recorrió todo el mundo y se casó con una hermosa e inteligente mujer. Ambos fueron exitosos. Tuvieron muchos hijos. Adoptaron a varios de ellos, como era exctamente su idea desde siempre. En fin cumplieron a cabalidad todos sus sueños y son aún inmensamente felices.

Antes de irse del país Juan trabajaba en la oficina de sus padres. Realizaba algunas tareas menores. Juntó un dinero y eso le dió para viajar. Trabajó ese poco necesario para pagar pasajes, para llegar y una vez llegado para buscar. Juan fumaba no copiosamente pero considerablemente sin duda y como no podía hacerlo dentro de la oficina sacaba cabeza y brazo por la ventana y botaba cuanto humo quería. Las colillas afortunadamente no se acumulaban bajo el alféizar. Los porteros, eran varios, las limpiaban religiosamente. Mi amigo trabajaba casi todo el tiempo solo puesto que sus padres dejaban los pies en la calle vendiendo y mercando en general, obteniendo la plata para mantener a la familia. Juan fumaba sólo por fumar o esperando a su novia para comer.

Pero botar el humo no era el verdadero vicio de mi amigo. Lo que más le gustaba era ver como las colillas se golpeaban contra el piso produciendo chispas. Se podía decir que Juan se estaba haciendo pedazos los pulmones tan sólo por ver como los tacos del cigarro se estrellaban silenciosamente en el suelo de cemento lavado. La segunda parte del juego era algo más voyerista. Desafiaba a los diligentes porteros, cansados todo el día de recoger sus colillas, lanzándolas en lugares rebuscados. Recovecos de maceteros que las hicieran visibles pero imposibles de sacar; en los arcos que adornaban las puertas de entrada al edificio a la vista de cualquier transeúnte medianamente atento, pero muy altas para sacarlas sin la ayuda de alguna escalera y en otros sitios ridículos.

Un día bonito y soleado, mexicano podemos decir, Juan descubrió el lugar en el cual los porteros no encontrarían jamás las colillas. Enfrente del edificio había una especie de estacionamiento muy chico y techado a medias con unas horribles latas. Si Juan estiraba lo suficiente el brazo y calculaba bien, podría depositarlas sobre ese pequeño techo. Se veía difícil, pero fue rápido y sencillo: la colilla se plantó justo entre dos tejas cercanas a una salida de humo y ahí quedó.

Luego sucedió una tercera parte del juego. Llegaba todos los días a corroborar la ubicación inamovible de la colilla. Una pequeña saliente de lata salvaba al pucho del rigor del sol o de la lluvia. Mi querido amigo se asomaba hasta casi caerse, como un niño, para verificar que siguiese ahí. Quiso sacarle una foto una vez, pero evidentemente eso hubiera sido de considerable locura y Juan, como al resto de mis amigos la locura les aterra. Pasó el tiempo, envejecimos todos. Juan se fue finalmente de Lecuona, luego de una breve agonía lejos de su futura esposa. Se dice que volvió algunas veces, de incógnito, pero a mi no me consta. Estudió en el extranjero y tuvo varios hijos, sus padres murieron y yo también. Juan viajó a Lecuona para integrarse a mi cortejo fúnebre . Pero antes no pudo reprimir su deseo de volver a la antigua oficina familiar. No pudo evitar obviar las paredes secas o las marcas de los cuadros, ni la cocinilla quemada o el baño manchado de negro por un hollín misterioso y pasar corriendo obsecado atravesando rápidamente el espacio de la oficina. Ni siquiera consideró la cantidad de fuerza que le aplicó a la ventana para abrirla, ya que tan tapiada estaba que no podía verse hacia afuera. Juan treinta años después finalmente miró por la ventana y un aire horrible le dió en la cara y este tampoco le importó. Sólo miró ciegamente dejando los ojos muy abiertos el pequeño techo de lata, las tejas y la boca de humo soltando una nube lenta.

Thursday, July 19, 2007

Un Viejo Me Dijo






Conocí un viejo. Simplemente lo conocí. Lo vi, puedo decir y claro hablé con él. Pero no en un asilo, un bar o en la calle. Tan sólo en un lugar neutro y feo tal vez. Le conté sobre una tipa, pero no como algo importante, tan sólo como parte del correr de la conversación, de su fluir. Como algo simple, cotidiano puede ser, ya que ni siquiera es un problema.

- ¿Una mujer despechada? -dijo pacientemente el viejo. Hay que tener bastante paciencia para oír las estupideces de los otros. Traté de disuadirlo, nada de mujer despechada. Simplemente una loca sin decencia, una pobre mujer que no necesita ser amada sino compadecida, dije intentando ser respetuoso a pesar de lo imposible.

-Es tonto, hijo es verdad... pero le metiste el pico y lo sacaste mojado hasta las huevas. Te la culiaste y te fuiste sin pedir perdón, ni dar las gracias, ni nada-

Friday, June 01, 2007

La Historia de T.


Me acordé de una muy buena historia:

1

Nuestro querido amigo T. es un tipo bien común honestamente. Con cierto predominio físico hacia lo indígena; muy común en Lecuona. No es alto, tiene la piel verdaderamente oscura y el pelo como un erizo o puercoespín. Nunca se le ha visto con barba y tiene esas divertidas cejas hacia abajo que la mayoría de los indígenas tienen. Sin embargo por cierto, mi querido amigo, es absolutamente occidental; lecuonés, digo. Fanático, si bien no del lecuonismo, de ese nacionalismo enfermizo de mi país, sí de ese amor por el fútbol más que por el deporte, por la defensa de la patria, de lo propio...

T. no es un tipo inteligente, más bien, es un poco limitado. Pero un limitado asumido sin pretensiones ni de doctor en física o presidente del banco mundial. Supo conseguirse un buen trabajo con posibilidades de ascenso, las cuales T. no tomará y gracias al cual muy joven se puso a trabajar y ganar dinero mientras nosotros sufríamos las pellejerías de ser estudiantes en ciudad ajena. En la cual a todos nos iba honestamente mal en casi todos los aspectos.

También se casó joven, con una simpática y no muy inteligente muchacha de su barrio. Viven en una pequeña casa en el centro de Lecuona. Es una casa pequeña, hermosa y limpia llena de colores y muy fresca, perfecta para los calores de verano. T. es el hombre de la casa, lleva el dinero y hace el papel de macho, pero la verdad es tan sólo un juego, porque esa sin duda es la fascinación de T.: Los Juegos. Llega imponente a su casa golpeando la mesa y azotando la puerta, luego se acerca a su aparentemente asustada mujer y la agarra de la cintura y la besa vorazmente, luego hace el papel de niño, del hijo que nunca tendría y se sumerge en el cuerpo de su hermosa y poco inteligente esposa y comienza a hacerle cosquillas. Todo eso termina evidentemente en sexo, pero T. no folla bien. Pero ninguno de los dos lo sabe puesto que no han follado nunca con otra gente. Para ellos el sexo que tienen es delicioso.

La manera de conocerse con su mujer también fue una especie de juego. T. era tan joven, tenía trece años y fue de compras al almacén de la esquina. Problablemente a comprar pan. Salió pacientemente de su casa, no esperando nada. El trayecto al almacén era siempre el mismo. Imaginaba los eventos usuales al momento de realizar esta tarea tan común. Caminaría por la calle y subiría posteriormente a la vereda. Luego pasaría enfrente de la casa de la pobre Rosa y del Sr. Kilmann, tal vez les saludaría. Y ya luego sólo quedaba doblar en la esquina. Dos o tres pasos más allá estaría el almacén del barrio. En ese mismo punto, al quebrar por la esquina fue donde su futura mujer estaba enroscada en el piso, ella contaba con quince años, durmiendo profundamente. El resto fue despertarla conocerla, amarse y ser felices.

Marina, la mujer de T. era narcoléptica sin embargo ella tiene poco o nada tal vez que ver con el centro de la historia. Los que son absolutamente el centro de esta historia son los juegos de T., pero por sobre todo su idea de juego y los imaginarios que el gran T. elabora camino al trabajo, al cual llega a las ocho y cuarto de la mañana, en Comparsa, el barrio comercial de Lecuona. Toma el bus ciertamente y estos a esa horas van llenos. Es en esos momentos en los cuales el querido T. es capaz de mirar mucho y comprender varias cosas. Estuvo varios años, sin embargo sin concluir nada. Sólo miraba y se moría de frío o de calor. Pensaba en los distintos reportes de la oficina o en las horas que se pasan tan rápido. Se acordaba del café que Marina le servía y del pan que le había sentado realmente mal. Se arrepentía de no haber ido al baño o se concentraba para no dormirse de pie apoyado en algún trabajador lecuonés.

Debe haber sido en algún momento específico, tal vez un empellón con alguien o un accidente con los codos en la espalda de alguna pasajera, como es común en los autobuses abarrotados. Claramente T. no lo recuerda, tan sólo y está completamente seguro de esto que en un momento, las mujeres trabajadoras de Lecuona y las estudiantes también, comenzaron a mirarlo. No lo recuerda bien, debió empezar, se imagina, con una mirada furtiva tal vez desde el otro lado del bus o muy cerca pidiendo permiso para bajar. Lecuona es un hermoso país de predominancia indígena, como buen país latinoamericano. Por lo tanto, las primeras mujeres en las cuales T. se percató fueron las de ojos azules, puesto que le supusieron algún tipo de exotismo. En un momento, inclusive, nos contaba nuestro amigo, era esa su obsesión: Los ojos azules. Aquellas luces añiles que parecían otearlo desde el otro lado del bus y que se movían independientes del rostro. Eso pensaba él. Sin embargo dicha obsesión respecto de la largura de esta historia es completamente intrascendente. Pero debo considerar unos puntos.

La primera mujer de la cual T. tiene un recuerdo nítido, es una joven de tal vez veintidós años recuerda T., quien se estaba quedando dormida apoyada en uno de los soportes de la micro. Vió sus manos casi azulosas de frío y estuvo seguro que se iba avalanzar a besarla. Tiene unas manos hermosas, dijo T. Esa fue la primera vez que murmuró algo para sí mismo. Desde pequeño lo consideró un terrible signo de locura. Pero esta vez ni sintió pena o remordimiento por lo dicho; ni siquiera vergüenza. Estaba más preocupado de contenerse. Si hubiese podido se habría lanzado sobre esas manos. Ante tanta mirada, la pobre muchacha vio a este hombre y se volteó violentamente despertándose. Sin embargo, su expresión al fijar sus ojos sobre T. fue de más deseo que rabia; de cierta coquetería sutil. T. la recuerda, además de sus ojos azules tambien porque se trató además de su primer y único error. Cometió el pecado de hablar con como le llama él, la víctima de un romance de autobús.

Hola.

La mujer lo miraba con la misma expresión de deseo sin embargo las palabras no salían de su boca. T. se acordaría luego de sus ojos azules tremendos que lo miraban con cierta angustia, piensa T. Con un amor doloroso.

Hola... Me llamo T. y tú.

La mujer por toda respuesta miró al piso y no le dijo palabra. Luego sobrevino una segunda parte del error. En su estupidez en su ensimismamiento, tal vez por lo hipnótico de aquellos ojos la agarró del brazo y la remeció con cierta desesperación. Exigiéndole algo que no recuerda o si lo recuerda, pero olvidó las palabras con que se lo dijo. Luego vino el caos, varios hombres sobre T. y un nariz ensangrentada que no le permitía ver. Lo que recuerda nítidamente y nos lo cuenta como sigue, es un olor a vino y a grasa de cuerpo. No podía verle la cara.

Te dieron duro amigo...

T. intentaba responder, pero lidiaba con un dolor al costado y el rigor del cemento del suelo.

Tranquilo... Eres tonto amigo... Si tienes un romance de autobús, no puedes hablarle. Cállate y menos la toques tonto...

Luego un silbido se aleja por la calle. Eso recuerda T.

2

Por cierto nunca supo nuestro querido amigo quien era el autor del consejo, si era un pordiosero o un amigo olvidado del trabajo. Eso puede ser cree. Pero como pasa con casi todas las mujeres de esta historia y personajes, nunca más volvió a oír palabra de este hombre ni a verlo o esbozarlo borrosamente cuando menos. Simplemente se dedicó a seguir su consejo y a desarrollar la única obsesión que atravesaría la vida de este pobre joven. Mientras se gestaba esta divertida afición, nosotros sus pobres amigos apenas atisbábamos algo. Creíamos intuir una conducta o un gesto raros. Nos acordábamos de su esposa y estábamos seguros que nuestras conjeturas eran simplemente ridículas. Eso creíamos, lo veíamos perderse mentalmente en fantasías larguísimas mientras hablábamos del libro de moda o de la última película que veríamos o intentaríamos hacer.

Mario, Arturo y yo vivíamos pobremente y no atendíamos las extrañas conductas de nuestro amigo T. Me hubiera gustado dedicarle más tiempo, pensaba cuando las aguas ya no eran turbulentas, cuando ya no vivía flotando en el torrente, sino atisbando los remolinos de agua negra desde la orilla. Pero me decía que eso hubiera sido imposible. Uno nunca sabe que está sorteando un torbellino hasta que lo ve desde la playa.

No hubiera rescatado lo que ahora rescato, pienso cada día.

Desde lo del consejo, verdaderamente, mi querido amigo se entregó completamente a su afición. En sus perspectivas de vida no se encontraban ni el de follar con una mujer desconocida o ser infiel a su mujer, sino simplemente estar, ver, oler algo interesante, sentir una tibieza ajena, sufrir un entretenido accidente de manos que chocan en un mismo tubo de barandal de autobús.

Se hizo un plan acabado. Armó una minuta determinada, un horario típico de un hombre ordenado, pero evidentemente no funcionó. A la primera actividad pasó semanas sin que nadie lo mirara en el transporte público. Entonces tan sólo se dejó ir. De esta manera conoció un olor nuevo, comparó sus manos duras y heladas, con las tibias de una jovencita ruda, compartió la misma espalda con una secretaria horrible, mientras su bella hermana moría de celos y varias cosas más. Finalmente le dió por coleccionar.

Conseguía pedazos de tela accidentales, envases de helados o restos de café en un vaso. Se congraciaba con su tesoro; una bufanda horrible que no sabía e intentaba descubrirlo, sería de hombre o una alumna escolar rebelde. Lo más gracioso es que todas las cosas le traían los recuerdos de sus dueñas. Había dos pinches idénticos; rojos uno de una coqueta ejecutiva de una empresa de teléfonos y de una mujer vestida al estilo hardcore de piel oscurísima y ojos verdes.

La vida de T. pudo condicionarse por sus deseos y colecciones. Pudo llevar una extraña vida tranquila. Su mujer jamás descubriría su colección, la cual ni siquiera se encontraba oculta, sino dentro de una caja. Tal vez, incluso su esposa pudo verla y no sólo la ignoró, sino que simplemente la olvidó sin lugar a dudas, así como, su contenido. Lamentablemente esto no pudo ser. Desde el comienzo de sus viajes, puesto que sus ojos siempre se posaban en mujeres de belleza un tanto estereotípica (rubias, ojos de colores interesantes, senos de tamaños diferentes, manos delicadas, maquillajes violentos), nuestro querido amigo T. no se percató de Ester. Nosotros después de unas averiguaciones bien frugales, la verdad, llegamos a su nombre, a su casa. La cual conocimos y a su familia también.

3

Por cierto no les daremos la lata contándoles la vida de Ester Mardones. Tan sólo les diremos lo que atañe a nuestro querido T. Cierta mañana se tomó un recreo de ver mujeres y conquistarlas con la mirada y llenaba un crucigrama apoyado en una pared de un bus atestado. Entonces de pronto miró hacia el frente y se percató de unos ojos que lo miraban. Pensó que se trataba de otra de aquellas mujeres que manifiestan la mirada y luego desaparecen. Sin embargo le insistió mirándola esperando que desviase la vista. Esto no ocurrió. Quién era esa extraña mujer. Tenía los ojos color caramelo. De eso se acuerda T. Se percató entonces que estaba profundamente enamorado, que incluso era capaz de dejar a su esposa por aquella mujer silenciosa y mirona. Además se cuestionaba la vida completa. Hubiera sido capaz de dejar la plaza vacante en esa horrible y enorme empresa de Juan Larios con Capitanía por seguirla donde fuera. Luego un viaje peculiarmente corto, la mujer hermosa se bajó. La expresión que esta mujer presentaba no era como las otras. No guardaba ese misterio fingido o simplemente falso del resto, más bien era una cara limpia eso pensaba T. Una belleza alucinante y perfecta que salía desde sus ojos y era un coqueteo más profundo y hondo como un cráter. Luego vino lo atroz.






Mi querido amigo T., lo sé porque le celebramos una fiesta, se compró un pequeño auto en la automotora de su tío. Era viejo y chico y nosotros junto con T. lo utilizábamos para salir a dar vueltas por los baruchos de la ciudad. Todos tomábamos, a veces T. no, pero casi siempre íbamos renguenado con ese auto destartalado por las calles de Lecuona mirando a las mujeres, follándolas en ocasiones. Las fiestas eran felices y continuas pero a T. algo le ocurría. Aún no nos contaba lo de Ester. Simplemente movía vagamente el brazo o tomaba un vaso de la mesa. En una ocasión, eso sí, nos dió la lata toda una noche sobre El Amor Verdadero y El Amor Eterno, algo poco usual en T., a quien considerábamos un hombre pragmático y seguro... Para ser inteligente y genial hay que ser un poco inseguro, pensábamos. Hay que saber dudar un poco para hallar respuestas y T. era de las personas que no hablaban cuando los temas se ponían un tanto complejos. Simplemente se callaba o reía al nombrar algunas expresiones que a sus oídos sonaban graciosas como Baudrillard o Eterno Retorno, que le parecía una película gringa y el primero una mala marca de champú. Descubirmos entonces, subrepticiamente que T. estaba enamorado. Pero de quién pensábamos. Mi amigo Quique dijo que evidentemente de su esposa. Cosa imposible. De una compañera de trabajo o de su secretaria. Ambas ideas de Saulo, pero en Lecuona impera el machismo y las mujeres no trabajan acá o lo hacen poco y si lo hace es de secretarias, pero el cargo de T., ni siquiera es bajo. Honestamente no existe. Luego le vimos escribir en un papel a T. el nombre de Ester Mardones. Le abrimos sigilosamente la cajuela del pequeño auto y tenía en varias libretas, de distintos colores, el nombre de esta mujer garabateado en todas sus hojas. Incluso tenía dibujos. Cosa extraña en T., puesto que jamás le vimos escribir ni dibujar nada que se acercase a lo creativo. Lo más significativo eran sus fotos familiares. Sus álbumes familiares cargados de colores, según me acuerdo. Mis amigos lo niegan, pero siempre lo recuerdo y tiendo a recordarlo en momentos como este en fin.






Lo embriagamos y le preguntamos por Ester Mardones. Le costó responder al comienzo y finalmente nos contó que no sabía quien era y nos habló de la mujer del autobús. Dijo que no sabía quien era Ester Mardones, que era un nombre que había inventado. Le dijimos que era un nombre horrible y se enojó con nosotros porque ofendimos al amor de su vida.




Podemos decir que después de esa conversación se volvió loco. Se subía a los autobuses sin sentido buscando a dicha mujer y nosotros siempre supimos que no la iba a encontrar. Le decíamos que probablemente no era de ese barrio. Que quizás pasaba por ahí. Que todo había sido un accidente, pero no había caso. Vagaba por las micros preguntaba estúpida e infructuosamente a los choferes y a los encargados de los paraderos por una mujer de ojos caramelos y un perfume fuerte y angelical a la vez y los parroquianos se reían de mi pobre amigo o lloraban de tan ebrio. Se cree que incluso se encontró con el mendigo quien le orientó sobre los romances de autobús, pero eso sería demasiado mítico, creemos, demasiado falso en verdad y casi tonto.




Ahora viene algo más atroz, de tan poco usar el auto se estropeó y no volvió a subirse a automóvil alguno en su vida. Cuando viajaba a distintas partes su mujer era quien manejaba. Tuvo que hacer cursos para aprender a conducir. El primero auto de T. se oxida eternamente en el patio de la casa de su mamá en un ranchito a las afueras de Lecuona. Manejaba el auto de la esposa quien ahorró para comprarse uno. Tuvo que trabajar para comprarlo. Entonces, nos hemos puesto un tanto dispersos, como el auto estaba roto, T. y su esposa iban de compras los domingos en autobús y T. esperó nunca encontrarse con Ester dentro del transporte colectivo. Pero lamentablemente la vió varias veces camino al trabajo y la amó más que nada en el mundo. Sufría dolíendole el cuerpo al tener a su lado a una mujer a quien no amaba y eso le marcó para siempre hasta hoy cuando decidió hablarle.




Ester le dijo, como una fanática más de los romances de autobús que en estos no se habla. Que no se dice nada... Que se guarda silencio.






A nuestro querido amigo Theo.


De sus amigos Juan Toulá, Saulo Martínez y Quique Offenbach.